Era su destino


Las manos le sudaban, el cuello le apretaba, una gota de sudor resbalaba suavemente sobre su frente y se perdía entre su ceja. Estaba muy nervioso, pensó que no debió ponerse esa camisa que lo hacía transpirar y a lo mejor lustrar su zapato. La gente lo miraba, algunos sorprendidos, algunos alistaban el celular para grabar la escena, otros cogían la mano de su acompañante suponiendo ya lo que estaba por suceder. Él solo podía pensar en ella, miraba su rostro, algo asustada por lo intempestivo del asunto. Cogió su mano y pronunció: “…te quieres casar conmigo?” Se hizo un silencio dentro del bus. Ya atardecía, el sol lanzaba el último suspiro de luz, el cual teñía de dorado el interior del bus. El semáforo ya había cambiado a verde, un auto impaciente tocaba el claxon, pero todos dentro esperaban la respuesta, la cual apareció acompañada de una lagrima que caía rápida por la mejilla derecha. Claro que sí, dijo, te amo. Todos estallaron en dicha. La felicidad ajena contagió al público del bus, se abrazaron, las parejas se besaron. Los futuros esposos sonreían uno frente al otro. Ese era su destino, y nadie se los arrebataría. Sonó otro claxon, este mucho más fuerte y largo. Inmediatamente el hombre besó a su futura esposa, se arregló la corbata y tomó su posición en el timón. Movió la palanca de cambio a primera y arrancó. Ese era su destino, y nadie se lo arrebataría.


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